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Cuando absorbes las emociones del otro, te pierdes en ellas

noviembre 24, 2022

 

Érase una vez, una bolsa de basura.

(¡Si ya leíste el cuento en Instagram, puedes saltar la letra cursiva y bajar un poquito más para profundizar en el tema!)

Clara tenía una cena en casa de sus padres. Su madre estaba muy angustiada con un tema y estuvo toda la noche descargando esa emoción con ella. Papá, por su parte, parecía enfadado ¿sería con ella?

-¡Ay! Cuánta basura acumulada.- dijo mamá al final de la noche. Clara cogió todas las basuras y las llevó a cuestas en busca de un contenedor donde tirarlas.

De camino, se encontró con Ana, su amiga. Que estaba muy triste. Por supuesto, paró a escucharla.

Al final de la conversación, Clara vio que Ana cargaba con una bolsa de basura:

-Oye Ana, dame tu basura, ¡voy de camino a los contenedores! pero… “¡Uff, como pesaba!”

Cargada con todas las basuras… y con la conversación con mamá, la de Ana y el enfado de papá -que quizá era por algo que había hecho-, llegó a su apartamento.

Sin darse cuenta, había metido todas esas bolsas de basura dentro del piso. 

Estaba taaan agotada física y emocionalmente, que no deseaba bajar en busca de un contenedor…

“Ya lo haré mañana”

Clara era experta en cargar pesos que no eran suyos, en salir de los lugares cargada de basura. 

Haciéndola tan suya, que la traía hasta la puerta de su propio hogar.  

 

Cuando te fusionas con las emociones de los demás, te pierdes en ellas.

  Quizá te reconoces como una persona híper empatica que entiende a su entorno y que sabe ponerse en el lugar de los demás. Pero, ante las emociones del resto, siempre acabas sintiendo culpabilidad o responsabilidad.

 

  • Si mi pareja está triste, tengo que salvarla de su propia emoción.
  • Si papá está enfadado, es por mi culpa, tengo que complacerle de alguna manera para que me «perdone».
  • Si veo a esta persona desprovista de «capacidad», tengo que luchar por ella para darle voz.
  • Si mamá está angustiada, tengo que ser su contenedor emocional.
  • (…)
  •  

Si te sientes reconocida con alguno de los ejemplos anteriores, es muy probable que tengas tendencia a absorber las emociones de las personas que te rodean. A sufrirlas, sentirlas en tu propia piel y hacerte cargo de ellas. Sí, como si fueran responsabilidad tuya.

 

Esa posición te deja en un lugar frágil.

 

  La empatía, te permite sintonizar con estados emocionales dándome la capacidad de ver a la otra persona, de entender cómo se puede estar sintiendo esa persona. Pero, empatía, no es absorber, tragar, culparte y/o responsabilizarte de sus emociones.  

 

Si sientes que, en vez de ver la emoción en el resto de las personas, cargas con ellas…

Lo tuyo no es empatía, lo tuyo es no saber poner un límite entre tu y la otra persona.

 

  A través de la empatía, una busca comprender de forma genuina a la otra persona. Sin embargo, una persona con falta de límites emocionales, busca evitar el dolor/conflicto que le provoca la interacción con el otro ser humano. Sonaría como un: «Si te sientes mal, yo voy a salvarte/cuidarte/cargarte en mi espalda. Voy a hacer todo lo posible para que no te sientas así».  De esa manera, dejará de sentir culpabilidad o responsabilidad dentro de ella.  

 

Así que, no. No es que estés viendo ese dolor, es que deseas quitárselo de encima al otro para quitártelo tú también. 

 

  Cargas y sostienes emociones ajenas que hacen que estés más pendiente de limpiar la casa del vecino que la tuya propia. Tu casa siempre acaba abandonada y descuidada, así que, dentro de ti, no sientes que haya un hogar que te acoja. Tanto contagio e implicación emocional, te hacen sentir agotada. Fuera de ti, de tu vida. Sumergida en emociones ajenas en las que se despiertan respuestas automáticas que te hacen ir a socorrer a la otra persona.

Contenerla, satisfacerla, salvarla o complacerla. Si te sientes reconocida en estas palabras, muy probablemente has tenido una infancia en la que te han aplaudido cada vez que abandonabas tus límites en pro de las necesidades de los demás.   

 

  • Una infancia y adolescencia en la que has tenido que olvidarte de ti y de tus necesidades, para mantener cubiertas las necesidades de otras personas y, así, asegurar paz y armonía en el hogar.

 

  • Una infancia en la que se rechazaron, culparon, criticaron y tacharon tus expresiones, emociones, límites.

 

  • Una infancia en la que, quizá, no se te permitió experimentar emociones diferentes a las que se respiraran en casa, porque aquello implicaba ser diferente, una traición hacia el hogar.

 

  • Una infancia en la que quizá, tus cuidadores se fusionaron con tus emociones y te responsabilizaron de las suyas. Haciéndote «ser» la responsable de que se sientan bien.

 

  Me gustaría decirte que:  

Los límites son el escudo ante el contagio emocional. 

 

  • Los límites me permiten saber quién soy.
  • Me permiten separar mis emociones de los demás, entendiendo que hay diferencias entre YO y el otro.
  • Me permiten reconocerme en un espacio propio en el que tengo derecho a sentir lo que siento.
  • Me permiten verte, sin absorber tu energía.
  • Me permiten ocupar mi espacio y DEJARTE ocupar el tuyo.
  • Me permiten verte y acogerte desde la libertad, no desde mi herida.
  • Me permiten ver por qué te sientes así, sin hacerme responsable de ello, ni justificar tus conductas.

 

Los límites se trabajan desde dentro y se aplican hacia fuera. Entendiendo que la falta de ellos fue una forma de poder adaptarnos al mundo en el que vivíamos y que nos permitieron estar cerca de nuestras figuras de apego, imprescindibles en aquel entonces. A día de hoy, seguirás encontrando lógico usar esas «estrategias inconscientes» porque aprendiste a mantener los vínculos a través de ellas.

 

¿El problema?

La falta de límites te implica en todas las vidas, menos en la tuya.

 

  Es un lugar bien conocido por ti, pero que resulta cansado y enfermizo, llevándote al límite de tu salud emocional e incluso, física.

Un lugar que te impide conocerte y reconocerte.

Que hace que, una y otra vez, te sientas personaje secundaria de tu propia vida.

O incluso, personaje imprescindible en la película de otros, pero sin tener nunca tu propia portada.

Aunque sea un proceso difícil, es un camino que vale la pena seguir. Por ello, es importante profundizar de forma somática, cognitiva y emocional en tu historia; para poder acompañarte de forma integral a deshacer esos nudos que te mantienen en esa posición vulnerable.

A darle fuerza a la adulta que eres, para acompañarte a crear esa voz que te permita OCUPAR tu espacio, volver A TU HOGAR.

Un hogar en el que sentirte segura, tranquila, en calma y plena. 

Estaremos encantadas de recibirte, Inicia aquí tu proceso  

 

Un fuerte abrazo,   Mireia